E. Mallet, pionera del diarismo, y su sentido ético sobre los lectores

Antes del nacimiento del diarismo británico, el periodismo europeo había recorrido ya un largo camino. Durante el siglo XVII circularon en los Países Bajos los llamados corantos, publicaciones dedicadas principalmente a noticias políticas, comerciales y militares. Algunas comenzaron a publicarse también en inglés desde Ámsterdam. En Inglaterra, aquellas experiencias dieron paso a los corantos londinenses y luego a los newsbooks, pequeños cuadernos informativos que contribuyeron a crear el hábito de recibir noticias con cierta periodicidad. Aquellas publicaciones no eran todavía diarios, pero establecieron una relación cada vez más regular entre los acontecimientos públicos y quienes deseaban conocerlos de cerca.

Sobre ese terreno apareció, el 11 de marzo de 1702, The Daily Courant, publicado en Londres por Elizabeth Mallet y reconocido como el primer periódico diario británico. Era una publicación sencilla, de una sola hoja, dedicada fundamentalmente a resumir noticias procedentes de periódicos extranjeros.

Sin embargo, el aporte de Mallet al periodismo no debería medirse únicamente por haber introducido la periodicidad diaria en la prensa británica. En la declaración editorial de aquel primer número aparece una idea que, más de tres siglos después, merece ser examinada desde la ética periodística.

Mallet anunció que el periódico no añadiría comentarios ni conjeturas propias, sino que se limitaría a relatar los hechos, partiendo de que los lectores tenían suficiente sentido para hacer sus propias reflexiones.

La frase encierra una concepción extraordinariamente moderna: el lector no es un individuo al que el periodista debe decirle qué pensar. Es una persona capaz de analizar la información, interpretarla y construir su propio juicio.

Ahí existe un principio ético fundamental: respetar la autonomía intelectual del lector.

El periodismo tiene derecho a opinar. La opinión, el análisis y la interpretación forman parte legítima de la prensa cuando aparecen claramente identificados. El problema comienza cuando la opinión se disfraza de noticia; cuando se seleccionan, exageran u omiten hechos con el propósito de conducir al lector hacia una conclusión previamente decidida.

Informar no debería significar pensar por el lector.

Tres siglos después de Mallet, ese principio adquiere mayor importancia. Hoy el ciudadano recibe una cantidad de información que aquella editora jamás habría podido imaginar. Pero también está expuesto a titulares y contenidos diseñados para provocar emociones, contenidos construidos para confirmar prejuicios y algoritmos capaces de repetir una misma visión del mundo hasta convertirla en aparente verdad.

Por eso, reconocer el derecho del lector a pensar por sí mismo continúa siendo una obligación ética del periodismo.

Quizás Elizabeth Mallet no pretendía formular una teoría moral de la prensa. Pero aquella sencilla decisión editorial contenía una enseñanza que ha sobrevivido más de trescientos años: el periodista debe proporcionar hechos, contexto y fuentes confiables, pero nunca debería apropiarse del juicio que corresponde al lector.

Porque informar también significa respetar la libertad de quien recibe la información. No manipular. Y ese será tema de próximos análisis de esta columna.