Periodismo e identidad

¿Quién es periodista y quién no lo es en estos tiempos de dominio de las redes sociales y la inteligencia artificial? ¿Es periodista quien ejerce el oficio del periodismo aunque no trabaje para un medio de prensa? ¿Qué es hoy un medio de prensa? ¿Tiene que ser necesariamente una empresa que ofrece servicios periodísticos? ¿Puede una plataforma digital, de carácter personal y sin fines de lucro, ser considerada un medio de prensa?

No existen respuestas definitivas. Y precisamente ahí comienza el problema.

El periodismo atraviesa desde hace unos años, específicamente desde la explosión de las redes sociales, una crisis de identidad. No sólo porque las fronteras profesionales se han vuelto difusas, sino porque también se ha debilitado la conciencia y el compromiso sobre la responsabilidad social del periodista.

La naturaleza y la misión del periodismo están vinculadas al interés público: observar la realidad, fiscalizar al poder, investigar, denunciar, y ofrecer a los ciudadanos información necesaria para tomar decisiones libres.

Hoy esos principios conviven con una realidad distinta cada vez más extendida: periodistas cuya meta profesional es el poder, la fama, y el dinero. Y esa es la gran tragedia del periodismo en estos tiempos.  Porque cuando un periodista deja a un lado los principios éticos del oficio, deja de ser periodista, y se convierte en un mercader de la información y de las noticias.

Y el asunto no es que el periodista no deba prosperar económica y socialmente. El problema es cuando se anteponen esos antivalores a la ética del periodista: conseguir poder y dinero aunque haya que vender la independencia y objetividad que obliga esta profesión.  

Un periodista demasiado cercano al poder político difícilmente podrá fiscalizarlo con independencia. Un periodista cuyos intereses económicos dependen de grandes empresarios tendrá mayores dificultades para investigarlos. Y un medio cuya supervivencia depende excesivamente de gobiernos, corporaciones o grupos de presión corre el riesgo de convertir sus compromisos económicos en silencios cómplices.

Es entonces cuando la crisis de identidad se convierte en una crisis ética.

Una sociedad democrática necesita periodistas que mantengan una distancia crítica frente al poder, cualquiera que sea su origen: político, económico, religioso o empresarial.

Eso no significa que el periodista deba vivir enfrentado a quienes gobiernan o producen riqueza. Significa que debe conservar la independencia necesaria para preguntar, investigar y publicar incluso cuando hacerlo resulte incómodo.

Por eso la discusión sobre quién es periodista no debería limitarse únicamente a títulos universitarios, contratos laborales o pertenencia a un medio tradicional. Esos elementos pueden ayudar a definir una profesión, pero no bastan para definir una identidad ética.

Tal vez la verdadera identidad del periodista se encuentre en otra parte: en su compromiso con la verdad, su independencia frente al poder, su responsabilidad ética y su servicio a la sociedad.

Porque cuando el periodismo pierde esa identidad, deja de ser periodismo. Y, lamentablemente, en nuestros países latinoamericanos, cada vez son menos, los periodistas y los medios de prensa auténticos. Los verdaderos periodistas. No los mercaderes de la prensa.