Construyó una fortuna de 8.000 millones de dólares y la regaló

Corrían los años sesenta cuando a Charles “Chuck” Feeney se le ocurrió fundar la empresa Duty Free Shoppers Group, un negocio que rápidamente se convirtió en una cadena global de tiendas libres de impuestos que facturaba millones de dólares.

Sin embargo, el abrupto cambio en sus cuentas bancarias no impactó en la forma de vida de Chuck que siguió usando transporte público, alquilando propiedades para vivir y llevando un reloj de plástico en su muñeca. Su fortuna superó los 8000 millones de dólares y le molestaba. Años después decidió donarla de manera anónima a la educación, a la salud pública y a la ciencia. Esta es la historia del hombre creador de los free shops, las tentadoras tiendas que invitan a gastar cuando se viaja, mientras él mismo eligió el camino de la austeridad extrema.

De la guerra a la universidad

El 23 de abril de 1931, en medio de La Gran Depresión, la crisis económica más profunda del siglo XX, Charles “Chuck” Francis Feeney asomó su cabeza en Elizabeth, Nueva Jersey, Estados Unidos.

Su familia, de ascendencia irlandesa, subsistía modestamente con los empleos de sus padres: Leo Feeney era vendedor de seguros y Madaline enfermera. Chuck era el hijo del medio, tenía una hermana mayor, Arlene, y una hermana menor, Ursula.

El colegio que eligieron sus padres para él fue el Santa María de la Asunción y se cree que fue, justamente, dentro de esas aulas que nació su vocación filantrópica. Todavía estudiaba en la secundaria cuando empezó a trabajar para ganarse unos dólares: quitaba nieve a palazos de los portales de las casas de familias adineradas, salía a las canchas de golf como caddie y vendía, puerta a puerta, tarjetas navideñas. Quería tener su propio dinero, no ser una carga. Además, le gustaba detectar oportunidades de negocio y enfrentar los desafíos.

En 1948, con 17 años, se alistó en la Fuerza Aérea Norteamericana. Terminó viviendo dos años en el Japón de la posguerra. Se instaló en la base Ashiya, en Kyushu. Cuando comenzó la guerra de Corea, en junio de 1950, esa base comenzó a resultar estratégica porque desde allí partían los aviones hacia ese país. Chuck trabajaba para la inteligencia militar en tierra, era básicamente operador de radio. Estuvo dos años más hasta completar su período y regresó a los Estados Unidos.

Fue justamente su paso por la fuerza aérea lo que terminó siendo su pasaporte a la universidad. El estado ofrecía, a los veteranos que querían estudiar, ayuda económica a través de la ley federal G.I Bill. Chuck la utilizó para entrar en la Universidad de Cornell. Fue el primero de la familia en conseguir un título universitario.

Se recibió en Administración Hotelera en 1956. Mientras estudiaba, como no tenía suficiente dinero para la vida cotidiana, empezó a hacer sándwiches de mortadela para vender en el campus a otros alumnos. Eran muy baratos y volaban. El resto de los jóvenes comenzaron a llamarlo de manera simpática “The sandwich man” (El hombre del sandwich). ¿Cómo iban a pensar que ese chico de ojos de azul estridente, flaco y más bien bajo iba a ser multimillonario, un empresario de esos que dejan huella en el planeta? Imposible.

Buen ojo para los negocios

Su virtud era encontrar negocios donde los demás ni sospechaban que pudiera haber rédito. Tenía un ojo especial. Veía más lejos.

Terminados sus estudios en Cornell descubrió que la educación universitaria francesa era prácticamente gratuita. Decidió sacar provecho de ello y viajar a Europa para estudiar. Pasó un mes en París aprendiendo francés en la Sorbona. Cuando pasó ese tiempo todavía le quedaban cuatro mensualidades del G.I. Bill, de 110 dólares cada una. Se trasladó a Grenoble y se inscribió en un posgrado en Ciencias Políticas de la universidad local. Tenía una duración de ocho meses y era totalmente gratis. Estuvo desde septiembre de 1956 hasta abril de 1957. Sus otros gastos para mantenerse como alojamiento, transporte, libros y comida, eran mínimos: unos 15 dólares mensuales de esos tiempos. Pero él tenía un ahorro extra derivado de apuestas en el póker: 2000 dólares. Era más que suficiente para la época.

Mientras estudiaba también puso en práctica otras de sus ocurrencias. Una fue organizar un campamento playero de verano para los hijos de los militares norteamericanos. Tuvo éxito: se inscribieron 70 chicos. Eso hizo que tuviese que emplear a cuatro personas más para que lo ayudaran. Veía la necesidad, implementaba la solución y ganaba dinero. Era el principio que había empezado a regir su existencia. Seguir leyendo: Infobae