La ética periodística suele examinarse a partir de lo que los medios publican: la veracidad de las informaciones, la independencia de sus periodistas, el respeto a las fuentes y la responsabilidad frente a los lectores. Sin embargo, existe otra dimensión igualmente importante, aunque menos discutida: la responsabilidad ética de la prensa por aquello que decide callar.
El silencio editorial no constituye necesariamente una falta ética. Todo medio selecciona, jerarquiza y descarta informaciones. Ningún periódico puede publicar cuanto sucede en la sociedad. Pero esa facultad legítima plantea una cuestión fundamental: ¿qué ocurre cuando una información de evidente interés público es deliberadamente ignorada?
La respuesta nos conduce al terreno de la responsabilidad moral del periodismo.
La prensa no existe únicamente para transmitir acontecimientos. Su función social comprende investigar, fiscalizar el ejercicio del poder y proporcionar a los ciudadanos información necesaria para comprender la realidad. Por eso, cuando existen indicios razonables de corrupción, abuso de autoridad, violaciones de derechos humanos o utilización indebida de recursos públicos, el periodismo tiene una responsabilidad especial de investigar.
No se trata de publicar acusaciones sin pruebas ni de sustituir a los tribunales. El deber periodístico exige verificar los hechos, contrastar las fuentes y respetar la presunción de inocencia. Pero también exige no abandonar investigaciones relevantes simplemente porque sus resultados puedan perjudicar a determinados intereses.
Aquí aparece una distinción esencial: una cosa es guardar silencio porque una información carece de suficiente fundamento y otra muy diferente es callar cuando existen elementos verificables que justifican una investigación periodística.
El primer silencio puede responder a la prudencia profesional; el segundo, cuando obedece a intereses ajenos al periodismo, puede representar una grave renuncia ética.
La historia de la prensa demuestra que el poder no solamente procura controlar lo que se publica. También puede beneficiarse de aquello que permanece fuera de las páginas de los periódicos y de los espacios informativos. Una denuncia ignorada, una investigación abandonada o un hecho relevante sistemáticamente excluido pueden contribuir a mantener situaciones de impunidad.
Sin embargo, tampoco sería correcto atribuir intenciones ocultas a todo silencio. La falta de recursos, las dificultades para verificar informaciones y las legítimas prioridades editoriales pueden explicar determinadas omisiones. La valoración ética exige examinar las circunstancias y las razones de cada decisión.
El problema surge cuando la selección informativa deja de responder al interés público y comienza a obedecer a la conveniencia política, económica o institucional.
En esas circunstancias, el silencio puede convertirse en una forma de complicidad moral, aunque no exista una sola palabra falsa en las páginas del periódico.
Porque la honestidad periodística no consiste exclusivamente en evitar la mentira. También implica asumir la responsabilidad de investigar y comunicar aquello que la sociedad tiene derecho a conocer.