Nicole, una madre que vive en el condado de Pinellas (Florida), se enteró por primera vez hace cinco años de que estaban retirando ciertos libros de las escuelas de sus hijos.
Ellos mismos notaron que algunos títulos ya no estaban disponibles, y ella lo confirmó hablando con profesores y bibliotecarios.
Ante esa realidad, Nicole optó por comprarles a sus cuatro hijos por su cuenta los libros que ya no podían encontrar en la escuela, aunque reconoce que la suya está lejos de ser la realidad de la mayoría de las familias.
«Hay comunidades enteras que no tienen dinero para comprar libros. Hay padres y abuelos que no pueden llevar a sus hijos a las bibliotecas públicas porque están trabajando», dice.
Y explica que retirar los libros de las escuelas marca, en la mayoría de los casos, la diferencia entre que los niños puedan acceder a ellos o no.
«Así como hay desiertos de comida, también hay comunidades que son desiertos de libros», agrega.
Las bibliotecas de las escuelas públicas de EE.UU. se han convertido en el campo de una intensa batalla ideológica de la que hacen parte padres de familia, profesores, bibliotecarios, grupos de activistas y políticos en torno a qué libros deben estar disponibles para los niños.
Según la Oficina para la Libertad Intelectual de la Asociación de Bibliotecas de EE.UU. (ALA, por sus siglas en inglés), solo en 2025, 6.588 libros fueron censurados en alguna escuela pública del país, un aumento dramático frente a los 70 que se censuraban en promedio cada año entre 2001 y 2020.
Y, sin embargo, las organizaciones que siguen de cerca el fenómeno creen que el número real podría ser mucho mayor, pues gran parte de la censura pasa por debajo del radar.
Nunca se había privado a tantos niños del acceso a tantas historias», señala el más reciente informe de la organización PEN America, que se dedica a defender la libertad de expresión y hace seguimiento a la censura de libros.
Este aumento inédito se ha dado a la par de la aprobación de decenas de leyes estatales, e incluso algunas federales, para restringir el acceso a libros que se consideran inapropiados en las escuelas públicas.
«Lo que estamos viendo ahora es un tipo de escalada muy distinto», explica Gianmarco Antosca, de la Coalición Nacional contra la Censura. «El fenómeno ha salido del ámbito de las escuelas: hemos visto que la prohibición de libros ha llegado a las legislaturas estatales e incluso al ámbito federal».
En otras palabras, lo que empezó como una tendencia promovida por algunos grupos conservadores hoy se ha convertido en largas listas de libros que circulan por los escritorios y correos electrónicos de políticos y funcionarios. En la gran mayoría de ocasiones, los libros se retiran de las escuelas sin siquiera revisar su contenido completo.
Las organizaciones que promueven este tipo de restricciones y los funcionarios que las permiten señalan que su único interés es evitar que los niños estén expuestos a material que no es adecuado para su edad y defienden el derecho de los padres a decidir sobre la educación de sus hijos.
«Luchamos por proteger a los niños de contenidos sexuales explícitos y de material ideológico en las bibliotecas escolares que no es apropiado para su edad», dice en un comunicado enviado por su representante a BBC Mundo Tina Descovich, directora ejecutiva y fundadora de Moms for Liberty (Mamás por la libertad), uno de los colectivos más activos en la objeción de libros.
La pregunta que aún está sobre la mesa es quién y cómo puede decidir qué literatura es adecuada para estar en las bibliotecas de las escuelas.
Cómo se prohíben los libros
Las prohibiciones de libros en las escuelas públicas de EE.UU. no ocurren de forma uniforme a lo largo del país ni siempre de la misma manera.
Florida y Texas, por ejemplo, concentran cientos de casos, según los cálculos de PEN America y ALA, mientras que en estados como Oklahoma y Nuevo México no se registra ninguno.
El proceso para conseguir retirar de una escuela pública un libro consiste habitualmente en que, si un padre de familia u otro ciudadano lo considera inapropiado, diligencia una objeción ante la autoridad educativa del condado.
Aunque hay diferencias de estado a estado, por lo general las objeciones son revisadas por un comité experto que emite un concepto técnico, en base al cual la autoridad del condado toma a su vez la decisión de mantener o retirar el libro de las escuelas.
En los últimos años, este tipo de objeciones se ha disparado, pero además han surgido otros caminos para prohibir libros.
En los estados de Utah y Carolina del Sur, por ejemplo, hoy existen listas de «no leer» que aplican a lo largo del estado, gracias a leyes recientes que buscan prevenir la exposición de los niños a material que se considera dañino, indecente o pornográfico.
En estas listas están incluidos libros como «El cuento de la criada», de Margaret Atwood; «Gente normal», de Sally Rooney; «Las ventajas de ser invisible», de Stephen Chbosky; la saga «Una corte de rosas y espinas», de Sara J. Maas; y Ugly Love, de Colleen Hover.
Con la inclusión de cuatro novelas de Stephen King el pasado 6 de julio, la lista de libros prohibidos en todo el estado de Utah llegó a 36, mientras que en Carolina del Sur el número asciende a 22. Seguir leyendo: BBC
