Dudas sobre la duda en la ética del periodismo

El periodismo, en esencia, es el oficio de preguntar. Antes de la noticia, antes del titular y antes de la conclusión, existe un momento crítico: la duda.

Dudar no significa negar la realidad ni desconfiar de todo. Significa resistirse a aceptar como definitiva la primera versión de los hechos. Significa reconocer que una declaración oficial puede ser incompleta, que un testimonio puede contener errores, que una estadística puede estar mal interpretada y que incluso nuestras propias convicciones pueden conducirnos a conclusiones equivocadas.

La duda, por tanto, no es debilidad. Es disciplina.

El periodista debe tener límites éticos para actuar, pero no límites para preguntar.

No debería existir una autoridad demasiado poderosa para ser cuestionada, una fuente demasiado prestigiosa para ser verificada ni una idea demasiado cercana a nuestras convicciones para ser examinada. Gobierno, oposición, empresarios, instituciones, expertos, víctimas, testigos y hasta nuestros propios colegas deben estar sometidos al mismo principio: comprobar antes de creer.

La filosofía ha hecho de la duda una herramienta para acercarse al conocimiento. Sócrates interrogaba aquello que otros daban por sabido. Descartes convirtió la duda en método. El periodismo, desde otra función social, comparte esa necesidad de someter las afirmaciones al examen de la razón y de los hechos.

Pero existe una diferencia importante. El periodista no puede permanecer indefinidamente en la duda. Tiene que investigar, contrastar y finalmente publicar aquello que las evidencias permiten sostener.

La duda periodística, por tanto, no es un destino. Es un camino hacia la verificación.

El peligro aparece cuando dejamos de recorrerlo.

Un periodista convencido de antemano puede comenzar una investigación no para descubrir qué ocurrió, sino para demostrar lo que ya cree. Entonces selecciona las fuentes que confirman su posición, descarta los datos incómodos y convierte la investigación en una búsqueda de argumentos para defender una conclusión previamente establecida.

Ahí la duda desaparece y con ella una parte esencial de la ética periodística.

También resulta peligroso lo contrario: convertir la duda en sospecha permanente. No todo es conspiración, ni toda institución miente, ni cada fuente intenta manipularnos. Dudar exige método, no paranoia.

El verdadero desafío consiste en mantener una mente abierta sin renunciar al juicio crítico. Dudar también obliga a reconocer que ninguna certeza profesional nos coloca por encima del error ni de la necesidad de rectificar.

Quizás por eso una de las mayores virtudes del periodista sea la capacidad de cambiar de opinión cuando los hechos contradicen sus expectativas.

La pregunta incómoda, aquella que rompe el consenso y obliga a explicar lo que parecía indiscutible, puede ser una de las formas más simples y profundas de responsabilidad frente al público lector.

No se trata de dudar por dudar.

Se trata de no conceder a ninguna persona, institución, ideología o incluso a nosotros mismos el privilegio de quedar fuera de las preguntas. Porque allí donde termina la posibilidad de preguntar comienza el riesgo de aceptar, sin examen, una verdad impuesta.